--- COFRADIA NTRA. SRA. DEL MAYOR DOLOR Y CRISTO DE LA BUENA MUERTE. ---
   
  Cofradia Nuestra Señora del Mayor Dolor y Cristo de la Buena Muerte
  Antonio Arévalo Sánchez
 

 

DIOS HA MUERTO
 
            Entre la oscurecida de ayer y la mañana del Viernes Santo hay tiempo sobrado para andar las estaciones, aunque las rúbricas dicen que hoy es día de Cruz y no de sagrarios. Sobre el adoquinado pringoso de cera jugaba la chiquillería; pero no gritábamos como otros días. “No peguéij voses: ¡Que está muerto el Señó!”, nos advertían antes de cruzar el umbral de casa con la pelota. Hacia las cuatro de la tarde, la feligresía estaba ya abarrotando la Parroquia. La liturgia de este viernes es larga y conmovedora: canto de la Pasión, preces, adoración de la Semana Cruz y comunión del Pan consagrado ayer tarde, que para eso se reservó en el sagrario.
 
            ¡No contaba yo más de cinco años y ya estremecía, en el principio de estos Oficios, ver a los clérigos tendidos de bruces sobre cojines de catafalco y oro! Sobrecogidos por la muerte de Cristo, sonámbulos en una España mortuoria con tabernas y espectáculos cerrados o entornados, nuestros ojos se perdían por los repliegues dorados del retablo Mayor, en ascuas de luz vespertina, hasta que el blanco redondel de los ojos se nos llene con la figura soberana del Cristo de las Misericordias, inusualmente descubierto.
 
            No dejarás de oír lo que quiero
            que te quiero sin norma y con locura;
            locamente te quiero, sin cordura,
            hasta morir de amor como me muero.
 
            He colgado en la Cruz este letrero:
            Como el mar, mi costado es ancha hondura;
            se rompe el mar, y el Dios de la ternura
            se derrama a raudales todo entero.
 
            Quiero anegarte con mi amor, quererte,
            tenerte entre mis brazos, mirar: verte.
            ¿Qué impide nuestro gozo consumado?
 
            ¿Muerte? ¿Pecado? Estoy crucificado.
            Mi victoria es más firme que la muerte,
            Y más fuerte es mi amor que tu pecado.
 
                                                       (Francisco Contreras, 1877-1993)
 
            Las campanas siguen mudas desde ayer tarde. Y el sacristán con los monagos agitan unas matracas por el Paseo y la Corredera, llamando al entierro de Cristo en el oscurecer del viernes. Procesión de silencio y de varones solos, que ha salido de San Juan con el Señor amortajado en una urna de vidrio, coronada por el pelícano eucarístico. Con los hombres iba la clerecía y los frailes franciscano junto a la escolta de frailinos, vistiendo entusiasmados túnica y roquete.
 
            A falta de Crucifijos en los pasos de la Semana Santa fontanesa (o de un sugestivo descendimiento del Santísimo Cristo de las Misericordias al mediodía, en que se permite la celebración de la Pasión, hasta la media tarde, la hora de la Divina Misericordia), tengo para mí que nuestros mayores vieron desenclavar públicamente la hasta hoy arropada imagen de este Cristo muerto (y todavía coronado de espinas), asistiendo, como se hace en otras partes de España, a su traslado a la urna acristalada. Si es cierto que esta imagen es articulada, como tengo oídos y visto en retrato, sólo faltaría una prueba testimonial o documental de lo que imagino.
 
            Con gran acierto, la hermandad que acompaña el Entierro del Señor es la misma que saca al Resucitado el domingo de Pascua. No extrañe, entonces, a los puristas que su hábito sea enteramente blanco y en el pecho del cubrerrostro se recorte la cruz bermeja del señor Santiago, nuestro lábaro. Acompañado en duelo al Santo Entierro, la cofradía de los Dolores hace esta noche su segunda y silente estación de penitencia, ya que la Madre vela, en la misma iglesia de San Juan, al Hijo dormido en la cruz.
 
            Desde 1989, a la procesión del Santo Entierro y la Virgen de los Dolores, se le une en la Plaza de España para enfilar por la calle pozo, con aires de procesión magna, el hasta ahora único pasa de la Cofradía de Nuestra Señora del Mayor Dolor, que tiene sede en el antiguo convento franciscano.
 
            La efigie de la Santísima Virgen al pie de la cruz, en el trance de sostener sobre el regazo a su divino Hijo exánime, vino de Madrid a finales del siglo XVIII. Junto al grupo de mujeres que desfilan con mantilla y cirio, los nazarenos de esta pujante hermandad, alentada en sus orígenes por el que fuera vicario parroquial don Pedro Fernández Amo, tiene cuadrilla de carga y banda de tambores propias, viste hábito rojo y capa, cubrerrostro y cíngulo negros (¿Por qué no habrán preferido el cordón franciscano como ceñidor, en perpetua memoria del orígenes de la talla y de la iglesia?). Cuentan y propagan, quienes han tenido el privilegio de desfilar con esta hermandad, de su emotivo paso por Pizarras, el Pilar o la calle Nueva, de recogida a su iglesia, sobre las andas labradas en 2002 por el entallador José Guerrero Gómez.
           
 
 
ANTONIO ARÉVALO SÁNCHEZ.
 
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